Güeñes se sitúa en la zona más suroriental de la comarca de Las Encartaciones. Se extiende sobre el curso medio-bajo del río Salcedón o Cadagua, formando parte de uno de los espacios con mayor personalidad dentro de la comarca: el valle de Salcedo, un prolongado surco que atraviesa los términos de Balmaseda, Zalla, el propio Güeñes y Barakaldo, y en el que por extensión se incluye al vecino Gordexola.

Los habitantes de Güeñes estuvieron durante mucho tiempo limitados por las condiciones impuestas por un estrecho marco físico. Así, la escasez de tierra llana hacía, además, muy difícil la autosuficiencia agrícola. Máxime cuando algunas de las zonas más aptas para la siembra se hallaban frecuentemente encharcadas como consecuencia de las constantes “aguadas” quedando así limitadas sus posibilidades productivas.

La población de Güeñes tuvo que orientar sus esfuerzos hacia actividades económicas no agropecuarias que le permitiesen suplir el casi permanente déficit alimentario al que se hallaban sometidos.

La presencia de un río de gran caudal propició la instalación de molinos y ferrerías, y el carácter de vía natural que siempre ha tenido el Cadagua, encauzó a los pobladores del concejo hacia las labores de acarreo. Molinería, siderurgia y transporte serían durante siglos sus principales dedicaciones subsidiarias.

Güeñes se reparte con Zalla el fértil valle de Salcedo, tierra de recursos varios como el agrícola y ganadero, regada por el río Cadagua, donde se instalan diversas industrias propias de la época preindustrial tales como ferrerías y molinos. Estos ricos recursos explican que se afinquen diferentes linajes banderizos, que pretenden también dominar el camino real que lo atraviesa.

Apenas nada se sabe sobre la historia de Güeñes anterior al siglo XIII.

El cambio de centuria y la primera mitad del siglo XVI sirvieron para fijar las fronteras. Al tiempo, se concretó también la distribución religiosa del territorio.

Este proceso de afianzamiento tanto en lo civil como en lo religioso, tuvo un reflejo material monumental: las iglesias. Las comunidades campesinas, animadas por una muy favorable coyuntura económica y demográfica, se lanzaron a reconstruir sus templos parroquiales con una ostentosidad y con un volumen que excedía a sus necesidades.

Santa María de Güeñes es uno de los ejemplos más destacados de esta actitud, ya que a sus dimensiones se une una notable calidad artística.

Y esta ostentosidad arquitectónica se hizo extensiva a los barrios más modestos que, según sus posibilidades, renovaron sus ermitas. Las parroquias de La Quadra, Lakabex, Sodupe y Goikuria, hasta entonces sencillos eremitorios, fueron reformadas en torno al cambio de siglo, y pocos años más tarde los fueron los templos de Bermejillo, San Martín de Iturriaga y San Sebastián de Saratxo.

Incluso en las mansiones de los particulares se pudo apreciar el cambio de los tiempos. Los antiguos banderizos, alejados ya los peligros bélicos, transformaron sus herméticas torres en palacios de carácter más residencial y en algunos casos como el de Lazkao y La Puente en palaciegos, acordes con su nueva condición de funcionarios o rentistas.

Los protagonistas se adecuaban a sus nuevos papeles. La luz y el optimismo del Renacimiento parecían extenderse por todas partes. Güeñes estaba preparado para abandonar el mundo medieval.

Durante los siglos del Antiguo Régimen, Güeñes se entiende dentro del circuito del comercio diario con Bilbao, el que surte de productos frescos de primera necesidad, y también en relación con el camino a la Meseta, siendo frecuente la gente dedicada a la arriería o a los servicios del tránsito. Pero lo que más caracterice a los siglos XVII y XVIII sea la rápida aclimatación del maíz, que es lo que explica que Güeñes sea en lo demográfico un caso atípico en Bizkaia, pues es éste el momento de su mayor expansión demográfica, al revés que en otros puntos.

La llegada del maíz permitió unos mayores niveles de autoabastecimiento, propiciando una etapa de expansión.

El siglo XVIII ha sido considerado como un período de fuerte crecimiento, tanto económico como demográfico. Pero a partir del brote epidémico de 1766, Güeñes conoció una larga serie de malas cosechas, fuertes exigencias fiscales, guerras y enfermedades que, sin dar un respiro a la población, y ante la imposibilidad de un aumento sensible de los recursos, frenaban desde su germen todo intento de crecimiento.

Se inicia, una etapa de auténtica inestabilidad que se prolongó hasta la segunda mitad del siglo XIX.

El final del Siglo de las Luces se presentaba para Güeñes particularmente sombrío.

A comienzos del siglo XIX, en 1808, se iniciaba la Guerra de la Independencia y un destacamento galo instaló su cuartel en Sodupe. Esta guerra afectó a Güeñes con más fuerza en su segunda etapa, entre 1810 y 1813.

Pero esta situación cambiaría radicalmente durante la última década de la centuria. Comenzaron a crearse los ferrocarriles industriales, tres de los cuales afectarían muy directamente a Güeñes: el Ferrocarril Hullero La Robla – Valmaseda, el Ferrocarril Bilbao – Santander y el Ferrocarril del Cadagua.

Los dos últimos habían sido proyectados para comunicar las minas de la cuenca del Cadagua y la zona de Peña Cabarga con los altos hornos y los cargaderos, y gracias a ellos la explotación de las minas de Zaramillo y Saratxo se hizo rentable.

Güeñes encuentra una base sobre la que poder asentar su despegue económico, y con ello, demográfico. Una buena parte de la población podía romper la tradicional dependencia con respecto a la producción agropecuaria y a las actividades marginales.

La vinculación del municipio al proceso industrializador vizcaíno supuso una expansión sin precedentes que continuaría hasta los años treinta.

La puesta en explotación de sus minas permitió a Güeñes un crecimiento sin precedentes, a la vez que suponía la definitiva ruptura con el marco económico del Antiguo Régimen.

El inicio de las diversas líneas de ferrocarril que atravesaban el valle del Cadagua estimuló un cambio fundamental en la economía de Güeñes. Sus minas de hierro pudieron ser puestas en explotación, con lo que se rompía con la estricta dependencia de las actividades agropecuarias o de las dedicaciones complementarias.

El asentamiento en Güeñes de algunas empresas como La Papelera Española Sociedad Anónima dedicada a la fabricación de pasta de trapo para la elaboración de papel y La Sociedad Anónima de La Conchita fundada en 1903 por el Conde de Aresti dirigida a la fabricación de hilados, trenzados y tejidos de yute, contribuyó al impulso del Concejo.

Sin embargo, el verdadero motor del cambio fueron las minas de Saratxo y las canteras de Zaramillo. El crecimiento se inició tras su puesta en explotación en 1890.

El final del XIX fue de un fuerte crecimiento, pero éste remitió desde mediados de la primera década del siglo XX. No obstante, la Primera Guerra Mundial supuso el relanzamiento del Concejo.

El incremento de la demanda de todo tipo de bienes por parte de los países beligerantes, conllevó un paralelo despegue de la industria siderúrgica vasca, y por consiguiente, un impulso de la minería.

A mediados del siglo XX, la llegada al valle del Cadagua de nuevas y diversificadas empresas, en su mayoría de pequeña y mediana entidad, integró a Güeñes en el proceso general de expansión de los años sesenta.

Fuente: “Monografías de pueblos de Bizkaia” Juan Manuel González Cembellín.

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